COSTUMBRES DE LOS INDIGENAS DE TABASCO EN EL AÑO 1830

 

 

Toda la felicidad de este pueblo depende ciertamente del repartimiento de tierras a los indígenas, para que cada uno cultive en propiedad la parte que pueda, estimulándoles por medios indirectos a que vendan a los demás, para que de este modo se aumente el vecindario y comience el desarrollo de los naturales elementos con que está enriquecido aquel lugar. Hecho que sea el repartimiento de las tierras en que tanto se interesa la suerte de aquellas gentes y cuya medida proviene justamente el reglamento económico político, es necesario dar otro paso no menos importante a la felicidad y ventura de Tabasco. Esto consiste en la construcción de una presa en una boquilla que se halla a distancia de tres y media leguas al norte del pueblo. Dicha boquilla tendrá de 18 a 20 varas de ancho y la forman dos lomas a cuyo Pie se descubre la peña que las une a causa de la rapidez con que pasan por ellas las corrientes del río. Su diferencia de nivel respecto al pueblo se gradúa en 12 varas, y se calcula que el costo de la obra no pasará de 5,000.00 (cinco mil pesos) El año 1809 se tubo permiso para construirla con 4,000.00 pesos del fondo de las cofradías pero la revolución de 1810 dejo sin efecto dicho proyecto. Los señores presidente del ayuntamiento, cura párroco y otros vecinos, me aseguraron el día que estuve en la citada boquilla, que la presa que se cita sería de más consideración que la de la hacienda de Malpaso en virtud de ser mayor su vaso, y más permanente el remaniente del río, pues ni en los años más estériles se ha llegado a ver cortado; añadiendo que habría agua suficiente para regar más de trescientas fanegas de siembra, que haría la prosperidad de Tabasco. Gente tal puede eficazmente promoverla disponiendo que tenga su más puntual cumplimiento la ley que ordena el reparto de tierras que poseé el común de los naturales tabasqueños y con el producto de las que se enajenen se lleve a efecto una obra de tanto interés para ellos mismos, combinándose al intento todas las medidas que gente tal conocerá cuando fije su intención a un proyecto tan capaz para hacer florecer a Tabasco.

Aunque no quiera hablar de las costumbres en que por desgracia viven los indígenas de aquel pueblo, el carácter imparcial de mi comisión y el deseo de que las providencias de un gobierno ilustrado, influyan en la mayor suerte de toda clase de habitantes, me pone en el caso de cerrar este artículo con la breve idea que voy a presentar respecto al asunto que he apuntado.

Es ciertamente sensible que las costumbres de los indígenas de Tabasco y de otros pueblos no hayan participado de los conocidos adelantos de la civilización por virtud del feliz sistema que nos rige. Indiferentes de las ventajas que les ofrece esta tierra pródiga ellos sólo aspiran a vivir de ella del mismo modo que vivieron sus mayores. Nutridos con todos los errores y preocupaciones, que sus ascendientes abrieron abrigaron desde los aciagos tiempos de la conquista, no ven con interés nada de cuanto pueda separarlos de su particular sistema. Trabajar poco, y consumir lo que adquieren en fiestas plagadas de supersticiones: he aquí todo su empeño. De todos los derechos sociales, el de la propiedad es el único que defienden y porque se animan en masa ante todos los tribunales que conocen de su Litis. Para ellos es una desgracia que se les presente un pleito de esta naturaleza, porque su ruina es evidente en virtud de que consumen el tiempo en viajes que hacen personalmente en forma de caravana con que dan fuerza a sus representaciones. La agricultura, de cuya industria podrían sacar los indígenas ventajas de mucha consideración, está muy limitada entre ellos, porque se contentan con habilitar una yunta de bueyes, y sembrar 4 o 6 almudes de maíz, y aún de estos no sacan todo el fruto que debieran por los malos e importunos beneficios que dan a las labores. A más de esto cuando la milpa empieza a jilotear, plantan un jacal en medio del barbecho, se trasladan a él con su familia y dan sobre el elote. Del maíz que cosechan reservan la mitad para su manutención y la otra la destinan para hacer un licor que le llaman tejuino que consumen en exceso en sus festines. Cuando por la esterilidad algún año no levantan el maíz suficiente para proveer aquellos dos objetos hacen acopio de la fruta que da el mezquite, la cual después de seca, molida y cernida convierten en una pasta solida, que llaman mezquitamal; del jugo que extraen de aquella fruta, hacen otra especie de bebida fermentada que llaman gato y que según me dijeron es de peor gusto que el tejuino. En el nopal, la verdolaga, el quelite, y varias frutas silvestres en que abunda aquel terreno, como son las tunas, las pitayas, garambullos, granjenos y otras que llaman guache y temachaca tienen un recurso para proveerse de alimentos cuando la siembra de maíz se pierde, y no levantan cosecha.

Las tierra que siembran son por lo común de la peor calidad, porque tienen la idea, de poner la siembra cerca de los jacales que habitan, los cuales están situados en los cerrillos o parajes más frangosos y pedregosos. A los vecinos rentan las mejores tierras de labor por muy bajo precio, con tal de que les paguen por adelantado; así es que negados o sin inclinación para especular con todos los recursos de que están favorecidos, siempre viven en la miseria que les es indiferente porque no cuidan de sí mismos. Todo esto es resultado preciso de la degradación y abatimiento en que el gobierno español mantuvo a esta privilegiada clase de habitantes del suelo mexicano, como en ninguna otra se ha perpetuado más el imperio de las preocupaciones, que tanto influjo tuvieron en los siglos de la barbarie y la opresión, de ahí es, que los restos de aquellas generaciones tan poco favorecidas formen hoy todavía un contraste en la civilización, los usos y costumbres de otros pueblos mejor asistidos en la educación política, que no se extendió a los indios si hasta aquí no han sido más que un objeto de estéril compasión y usos esclavos de los perniciosos hábitos en que los dejó la humillación de sus ascendientes.

(INFORME PRESENTADO POR MARCOS ESPARZA AL GOBERNADOR DE ZACATECAS, FRANCISCO GARCIA SALINAS EN EL AÑO 1830)

 

 

 

                                                                      Fco. Javier Sandoval Ortega
                                               CRONISTA DEL MUNICIPIO DE TABASCO, ZAC.

 

 

 

 

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