Enterrad mi corazón en El Sabino
El Sabino
El Sabino es un más que bicentenario ahuehuete que se asoma majestuoso sobre el río Juchipila, al pasar por Tabasco, rozando con su abultada melena la superficie pacífica del agua que corre lentamente, como rindiéndole tributo a ese auténtico monumento natural que custodia silencioso la vida de esta antigua población caxcana. El árbol servía en mis tiempos como referencia de lugar, indicaba un paraje a la orilla del río. Y aunque no tenía en esos años ningún sitio apropiado para día de campo o algo que se le parezca, era ciertamente un lugar de recreo que evocaba, nada más al nombrársele, una atmósfera de frescura ribereña al alcance de cualquiera, al margen de la lucha de clases. No se pagaba por entrar y de acuerdo a la hora del día, era frecuentado por lo más variado de la población, conforme a las edades y necesidades. Desde ese sitio podían escucharse las campanadas del reloj de la iglesia y hasta el bullicio de la plaza; qué no decir del rumor de los autobuses que cruzaban el cercano puente del barrio de La Ladrillera. Aunque se trata de una variedad de sabino, pertenece a la familia de las pinaceas, y se le conoce pomposamente en el bajo mundo científico como taxodium mexicanum o taxodium mucronatum. La especie que es endémica de la América del Norte, de tal suerte que constituye uno de nuestros tesoros naturales más genuinos. En otras palabras, nadie ha venido a plantar aquí plantas como esa, no ha sido traído de otros países, es tan americano como los pirules y las llamas, como la papa, el guajolote y el cóndor. Seguramente estarán pensando la razón del por qué nos detenemos con tanta circunspección ante un simple árbol que de tan familiar para los tabasqueños se pierde en la colección de cosas sin importancia. Pero han de saber que, por lo menos durante mi infancia y parte de mi adolescencia, ahí donde lo ven, este dichoso e imponente vegetal desempeñaba funciones sociales importantes. A falta de suficientes jardines de niños, el ahuehuete de marras proporcionaba uno de los más felices pasatiempos, pues de las paternales y fuertes ramas que se prolongaban sobre la corriente del río, muchos niños nos dejábamos caer alegremente sobre el torrente. A los pies del árbol se formaba una especie de estanque relativamente profundo que podía sustituir con ventajas la mejor de las albercas y paliar el calor de los intensos veranos del Cañón de Juchipila. He dicho que pese a su nombre científico tan rimbombante, el ahuehuete suele ser un vegetal bastante amigable y noblezote para los seres humanos; llena nuestros ojos con su verde belleza, impone su monumentalidad y nos regala generoso su sombra y cobijo, además de que estamos hablando de un organismo muy longevo. La propia raíz náhuatl de su nombre nos rebela que los antiguos mexicanos ya lo identificaban como objeto de respeto y veneración. Textualmente significa el Viejo del agua: ahuehuete, palabra compuesta por los términos atl, que significa agua, y huéhuetl, que significa viejo o antiguo. Bien vistas las cosas, nuestros sabinos tabasqueños siguen en su gran mayoría las reglas sabias del lenguaje mexicano, puesto que son sedientos y les gusta reproducirse en las riberas de nuestros ríos y arroyos. Si en Tabasco y su región no se le reconoce con su nombre náhuatl, se debe a que nuestros antepasados castellanos le bautizaron como sabino debido al color rojo de su tronco, bajo las cortezas, pues la palabra sabino, como adjetivo, quiere decir rojo o rojizo.
El árbol que venimos describiendo tiene encerrados en su enorme panza de madera los secretos de la vida de este pueblo, pues así como proporcionaba solaz a la chiquillada, a eso del medio día ofrecía todo un recurso alimenticio para la población que por necesidad o por simple gusto acudía a solicitarle solemnemente alimento, como si fuera uno de esos dioses prehispánicos dadores de bienes y placeres. Las gruesas raíces del añoso ahuehuete proporcionaban cálido y nutritivo ambiente para las nidadas de los bagres (Ictalurus dugesii), peces de agua dulce, también de origen americano, que pueden alcanzar respetable tamaño y cuyo sabor es la esencia del mismo río. Todos los conocemos y hemos convivido con ellos, no parecen ser tan feos, pero se aprecian más simpáticos cuando los vemos dorados en una sartén. Recuerdo cómo un hombre llamado Filemón, taquero de profesión, responsable de una numerosa prole, que vivía en la ruinosa casa paterna de mi abuela, completaba los requerimientos alimenticios de sus hijos con buenas piezas de estos bigotones bichitos, a falta de un empleo estable y rentable; y también recuerdo que varios muchachos aprendían con él los secretos de una buena pesca con red, pagando eso sí el caro tributo de los piquetes de esos zancudos tabasqueños que sacan formidables ronchas cuya comezón dura por semanas. Hago referencia este señor por ser un buen ejemplo y no porque haya sido el único parroquiano que haya recibido las bendiciones de nuestro árbol.
Así de generoso es nuestro sabino y su larga fila de congéneres que adornan por varios kilómetros la cuenca del río Juchipila. Amigos de la vida en sus ramas y en sus raíces. A veces pienso que en Tabasco y otras poblaciones de la región nos ha faltado un poco más de sensibilidad para aquilatarlo a él y sus congéneres, para concederles el lugar que deben ocupar en nuestra comunidad, cosa que no ocurre en otras regiones de México. Me atrevo a decir, por ejemplo, que el árbol más famoso de nuestra mexicana historia, el mal llamado Árbol de la Noche Triste, ese que se encuentra trabajosamente aún vivo en Popotla —en el meritito chilango—, es un antiguo sabino que vio llorar al mismísimo Hernán Cortés por la momentánea derrota que le asestaran los defensores de la gran ciudad de México-Tenochtitlan. Estoy seguro que mientras el conquistador extremeño se echaba su moquito, nuestro ahuehuete se “carcajeaba de la risa.”
Pero bueno, volviendo a nuestro río, a ciertas horas de la tarde, no bien metido el sol, el Sabino cumplía una de sus más importantes servicios en beneficio de la demografía local, puesto que servía de erótico escenario para las parejitas que gustaban de entregarse a las delicias del amor veraniego. Me pregunto cuántas felices vacacionistas de Guadalajara, Aguascalientes, México y Zacatecas, no conocieron el cielo conducidas por el fresco rumor del viento entre las hojas del arbolote, en los brazos de los lugareños que amablemente atendían al turista como dios manda. Y qué decir de aquellas pochitas de Los Ángeles o Chicago, que con demasiada frecuencia disfrutaban de inolvidables veranos al cobijo de las germinales y amorosas copas de nuestros sabinos. ¡Esos eran buenos tiempos, sí señor!
Empero, ese rinconcito ribereño no era exclusivo para los visitantes. El número de tabasqueñitos que fueron dulcemente engendrados a la sombra de nuestro sabino deben ser bastante amplio. Otro árbol mexicano célebre es el ahuehuete de Santa María del Tule, a pocos kilómetros al sur de la ciudad de Oaxaca. Se trata de un imponente arbolón (arbolononón, para decirlo en tabasqueño) a cuyos pies le ha brotado un pueblo. Tan antiguo como los tiempos, el mismísimo Alexander Von Humboldt lo visitó en su periplo por México y le calculó una edad de nada menos que cuatro mil años, y aunque hubiera exagerado un poquito la cifra, lo cierto es que se trata de un vegetal realmente antiguo y enorme. La medida del perímetro de su tronco en la base se ha calculado desde 1630, año para el que el angelito ya mostraba una magnitud de 17 metros y medio; y en 1882, ya medía 35 metros y cuarto. Actualmente debe sobrepasar su espesor los 37 metros, y contando. Nomás por curiosidad, deberíamos un buen día de estos llevarle le cuenta a nuestro entrañable ahuehuete, además de darle su respectiva acicalada, puesto que esta variedad de árboles siempre son víctimas de enfermedades y precisan de eventuales cortes de pelo para que su copa frondosa siga regalándonos muchos años más de ventura. Por tanta historia y tanta cultura que penden de las ramas de los ahuehuetes, no debe extrañarnos que estas plantas den pie para mitos, leyendas, poemas y sesudos estudios. Acabo de enterarme cómo, personajes de la talla de Ítalo Calvino, le han dedicado hermosos textos literarios a esta especie.
Una última reflexión que quiero dejar en la mesa consiste en que estamos ante una especie en peligro de extinción. La proverbial vinculación al agua que tienen los sabinos hace que su existencia en estos horizontes zacatecanos esté en entredicho. Todo aquello que contamine nuestros ríos, cualquier uso irresponsable del vital líquido, los abusos en la ganadería y la irrigación mal planificada atentan contra su majestuosa presencia de miles de años en nuestro paisaje. Así los pájaros que anidan en su fronda, como las especies acuáticas que disfrutan de sus raíces, los cientos de variedades de insectos que conforman ese complejo hábitat de los ahuehuetes también estarían condenados a desaparecer. La fuerte presencia que han tenido en nuestras vidas estas criaturas que, a diferencia de los árboles que adornan el legendario bosque de Chapultepec, no fueron plantados por nadie en la ribera del Río Juchipila. Han estado aquí desde el origen mismo de los tiempos, con su pasiva e indefensa nobleza, esperando de los buenos hijos del Cañón, algo más que nuestra admiración.
Víctor Jiménez, quien ha dedicado un libro al estudio del árbol de Santa maría del Tule, nos refiere: “la descripción completa del ahuehuete que hace Maximino Martínez es muy extensa, no puede citarse toda… excepcionalmente valiosa es su relación de numerosos lugares de toda la república mexicana en que crecían ahuehuetes, en 1950: más de 120 sitios, a veces muy restringidos, en otros casos vastos territorios…”. Sería muy lamentable que no hiciéramos algo por su perpetuación. Sobre todo sabiendo que, las acciones que emprenden las autoridades federales para conservación de la frontera forestal, no contemplan la preservación ni de ahuehuetes ni de mezquites, por sólo mencionar a otro de los colosos de nuestra historia natural en el cañón. Los ahuehuetes son, por lo demás, árboles que se pueden plantar con relativa facilidad, pues siempre y cuando tengan su respectiva dotación de agua, muestran grandes posibilidades de adaptación. Con esta virtud extra de nuestros amigos arbóreos, podemos imaginar que no sería muy complicada una campaña de reforestación de las riberas del río, así como de la creación de parques y áreas verdes adornados con su generosa presencia.
Cerremos este breve trabajo citando al italiano Calvino: “Y sobre todo esto, espesada, encallecida, creciendo sobre sí misma, la continuidad de la corteza que revela toda su fatiga de piel decrépita y al mismo tiempo la eternidad de aquello que ha alcanzado una condición tan poco viviente que ya no puede morir.”
Por José Enciso Contreras Universidad Autónoma de Zacatecas Para preguntas o cometarios email: contacto@tabascozacatecasmx.com |