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MUERTE DE DON JOSE MARIA GUTIERREZ La guerra cristera, un movimiento regional que se sucedió en el año 1929 y que tuvo más auge en los estados de Jalisco, Zacatecas, San Luis Potosí, Aguascalientes y Guanajuato, dejo una profunda huella en la sociedad. Una guerra infructuosa que por culpa de unos cuantos, murieron gran cantidad de creyentes en la religión cristiana. Personas de edad, hoy todavía relatan la forma cruel y sanguinaria como fueron sacrificados en ese tiempo sus padres, tíos, hermanos, como fueron vejadas las mujeres al paso de los vándalos ya fueran los llamados cristeros o los federales. En Tabasco no escapamos a estos tristes acontecimientos y en publicaciones próximas hablaremos de estos escabrosos temas. Hoy les presento la narración del sacrificio de un jalpense querido y estimado en su época y que hoy en día se le sigue recordando como un gran hombre. COMO FUE SACRIFICADO MI PADRE 
Ma. Del Pilar Gutiérrez viuda de Durán
Al amanecer del día en que fue muerto mi papa, el señor general don José María Gutiérrez, mi mamá, mis hermanos y yo que vivíamos en Guadalajara recibimos con alegría cartas que él nos escribió desde aquí de Jalpa. Desde luego, nos daba la gran nueva que el lunes inmediato, día 9, saldría hacia Guadalajara para reunirse con nosotros y no separarnos ya, si Dios lo permitía; pero que, entre tanto, pidiéramos a Dios por él. Y a mis hermanos y a mí nos aconsejaba que fuéramos siempre unidos y cuidarnos de nuestra mama. Pero paso el día sin que mi papa llegara, lo que naturalmente nos lleno de preocupación. En nuestra aflicción fuimos al santuario a visitar a la Santísima Virgen de Guadalupe. Pero ya desde el día 8, perecía que nuestro corazón adivinaba todo lo sucedido, pues por la noche fuimos al Santuario por estarse celebrando el novenario y no sentimos deseos de quedarnos hasta que prendieran el castillo : todos, a una voz, pedimos volvernos luego a casa, y así lo hicimos. Después de días, nuestro tío don Andrés Salazar nos envió, por conducto de un arriero, la noticia de que mi papa estaba herido. Y a los diez días ya supimos que había sido asesinado. El señor cura Don Ignacio Romo, que en ese tiempo tenía a su cargo la parroquia de Jalpa, nos dio de nuestro papa todas las noticias que nosotros deseábamos: todos los días asistía a misa y comulgaba, y así lo hizo también el día 8, día de su muerte. El señor cura lo invito a desayunar, pero él no quiso, diciendo que tenía urgencia de dejar arregladas todas sus cosas, porque quería salir otro día, entre cuatro y cinco de la mañana, a Guadalajara. Al fin convinieron en que asistiría al rosario, y después platicarían de sus proyectos. Luego del rosario, sabiendo el peligro en que se encontraba, mi papa suplico al señor cura que lo confesara; y terminada la confesión, subió al altar del Señor de Jalpa (Santo Cristo). Ante el estuvo orando como un cuarto de hora y volvió al lado del Señor cura. Juntos pasaron a la casa parroquial, y allí mi papa mostro al Señor cura una carta de la esposa del capitán Zapata, jefe del destacamento del gobierno. En ella le hacía saber que el general Anacleto López, jefe de las operaciones militares en Zacatecas, lo tenía sentenciado a muerte. Y como el señor cura comenzase a temblar, mi papa le dijo, para tranquilizarlo: “Usted no cree que tengo fe en Dios? Si esta es la voluntad del señor, aunque me metiera debajo de una piedra, la piedra me caería encima y me mataría. En vida o en muerte, ruegue por mi” Pasaron minutos de silencio y, al fin para despedirse, se abrazaron, sin poder contener las lagrimas. Serian las nueve o nueve y media de la noche. Al salir de la parroquia, situada en contra esquina de la plaza, se dirigió a esta y se encontró con su primer secretario, Froilán Luna, que lo esperaba. También a él le hizo saber el contenido de la carta y le ordeno que inmediatamente avisara a los compañeros que se reunirán en su casa, pues quería prevenirlos del peligro y ordenarles que salieran otro día, entre cuatro y cinco de la mañana. Dejando la plaza, mi papa camino media manzana hacia el sur por la calle de Hidalgo, y se detuvo ante la casa número 7, en cuya ventana estaba una prima un poco falla de la vista, llamada Rafaela Sandoval. La saludo y ella le dijo: “¿Eres tu Chema?” y comenzaban a platicar, cuando, saludándolo, llego el Señor Martin González y, detrás de el, el señor Teodoro Nieves. Los dos le dijeron que querían hablar con él. Mi papa les contesto: “Vamos pasando a su casa, donde podremos platicar mas cómodamente.” Pero ellos contestaron que allí, pues no lo detendrían mucho, y le dijeron que se sentaran sobre la banqueta (que en esos tiempos estaba alta). Ante su insistencia, mi papa se sentó y con la mano izquierda se quito la tejana para colocarla entre las piernas. Los falsos amigos con sus cuerpos le cubrieron la vista hacia los lados, y en ese momento los asesinos Ambrosio Romero, Pedro González y Miguel Olazaba, desde una ventana de la casa del presidente municipal, J. Trinidad Jiménez, abrieron el fuego sobre mi papa colocado de espaldas a ellos. Al sentirse agredido mi papa quiso incorporarse y saco la pistola levantándola a la altura del costado, pero ya no pudo disparar. Solo alcanzo a decir con voz fuerte y sonora: “Señor en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y cayó. Lo mataron catorce balas. La multitud que llenaba la plaza, porque en ella se desarrollaba una kermese organizada por los gobiernistas para atraer a los cristeros y darles muerte, comenzó a dispersarse: unos corrieron asustados y otros acudieron al lugar de la tragedia. Pronto se formo un grupo considerable que comenzó a gritar su inconformidad y duelo por la forma tan cruel y cobarde como a i papa le quitaron la vida. Ante el tumulto, se presento la federación, es decir, los soldados pertenecientes al destacamento para dispersar el grupo. Pero no lo consiguieron, por que se presento también a la esposa del capitán Zapata y ella con sus gritos atrajo más gente. Con palabras de las que usan los soldados, decía: “No mataron a un perro… mataron a su padre… ¡vengan y tráguenselo! ¡Cobardes! ¡Lo mataron por la espalda! La señora Francisca Gutiérrez, prima hermana de mi papa, obtuvo permiso del gobierno para velar el cadáver en su casa. Y al levantarlo, varias personas recogieron la sangre, pues, desde ese momento, consideraron a mi papa como un mártir de Cristo. Todo el pueblo se conmovió y, vestido de luto, tomo parte en la misa de cuerpo presente celebrada en la parroquia, la mañana del día 9. Desde esa hora, hasta las cinco o seis de la tarde, en que lo llevo al camposanto, una gran multitud, acompaño el cadáver con velas encendidas y plegarias. Y ya en la puerta del camposanto, la federación trato de impedir a la multitud la entrada, alegando que debía practicarse la autopsia al cadáver. Pero la multitud se impuso y no se retiro hasta que hubo dejado a mi papa en su lugar de reposo. Descanse en Paz.
Fco. Javier Sandoval Ortega CRONISTA DEL MUNICIPIO DE TABASCO, ZAC. Para preguntas o cometarios email: Fco.Javier_sandoval@tabascozacatecasmx.com © "DERECHOS RESERVADOS" PUEDE USTED REPRODUCIR ESTA INFORMACION TOTAL O PARCIALMENTE, PERO CITANDO LA FUENTE Y EL ESPACIO DE DONDE SE OBTUVO. |