Mauricio Magdaleno, nació en Tabasco, Zac. El año 1906 y en el año 1912 su familia se trasladó a la ciudad de Aguascalientes debido al movimiento de la revolución. Después a la ciudad de México y ahí fue donde se inició como escritor. En nuestro pueblo, es decir en Tabasco hay muchas versiones sobre su origen: Gentes dicen que Mauricio muchas veces negó su tierra, que él era de Aguascalientes, que teniendo puestos tan importantes nunca hizo nada por su pueblo. Pero para quienes lo conocimos y conocemos su obra literaria nos damos cuenta que Mauricio siempre quiso su tierra: y que habiéndose ido de aquí muy pequeño, él, todo el tiempo vivía pensando en su pueblo y que cuando regresó después de 24 años escribió algo que nadie de los que hemos vivido por siempre en Tabasco y pregonamos quererlo tanto no hemos tan siquiera escrito unas cuantas líneas como él lo hizo.

 

 

MAURICIO MAGDALENO (1906-1986)

 

 

 

RETORNO AL ORIGEN

Por Mauricio Magdaleno

 

Pero estamos en Villa del Refugio y salen a recibirnos, con entrañables efusiones pueblerinas, mi tía Cuca, mi tío Salvador y una docena de vecinos.

En el pueblo –tiendo los ojos, en torno, en un primer vistazo– ya nada me es familiar. Ni siquiera– estoy por asegurarlo– conocido. Para esta gente, sin embargo, soy perfectamente de aquí. Rancheros de puntiagudos bigotes y saquitos de casimir corriente y chamarras con bordados negros y rojos, se acuerdan de cuando yo era un chico y jugueteaba en la plaza de armas, y una señora– la de la tienda principal del lugar– de cuando, en casa de mis abuelos, me orine en sus ropas. Tengo– pienso– que desprenderme de efusiones y agasajos, para poder recoger mis pasos de hace tantos, tantos años.

La casa de mis abuelos – ahora de mis tíos – es una de las dos o tres principales de Villa del Refugio. Portada de cantera, tirando a rosa – la misma linda cantera que refulge en Guadalajara y San Juan de los Lagos y Aguascalientes –, y dentro de un patio que, con solo verlo y aspirarlo, ya me devolvió a mi origen. Un patio de naranjos y parras, con su pozo, sus puertas en torno y allá, al fondo, el corral. Los corrales, mejor dicho. En el último esta la puerta falsa que sale a las proximidades del arroyo del laurel. (Algo, sin embargo, me ha impresionado extrañamente. Extraña y pungentemente. La pequeñez de todo. En mi recuerdo, este patio era enorme, casi tan enorme como el del Palacio Nacional de México, y en él corría yo como en un descampado y a duras penas alcanzaba a brincar su barda. Su barda no tiene más que un escaso metro de altura).

Bien. Aquí está la parentela en masa, en el fresco corredor de equipales y canapés. Muchachones de atléticos tóraces– dos de ellos fueron cristeros en la guerra de hace doce años, la guerra de los cristeros, dicen por acá–, doncellitas de ojos remilgosos y gordas señoronas de trenzas castañas y señores de embozado, pero cordial mirar. Esta es mi gente. Uno es panadero y hace ocho días tuvo un lio con el presidente municipal– que también es mi pariente–. Otro, gallero. Aquella, se acaba de casar con un ranchero de Huanusco que fue asistente del general José Isabel Robles. La de más allá toca divinamente la guitarra y compone el tejuino mas maravilloso de la región. Aquel viejo charro de ojos metálicos, enjuto como un cuero de res, me llevaba a pasear, en su caballo, cuando yo era niño, y después anduvo en la revolución.

Estamos a 24 de diciembre y se oyen, lejos, cohetes. Ahora estoy en mi recamara. En esta recamara durmió y murió y fue amortajado mi abuelo, que se llamaba exactamente como yo. Una lóbrega, abigarrada recamara de bóveda catalana y dura cama de tablas. En torno, brillando a la luz de un quinqué, en católico aparato de la escenografía de López Velarde: esferas, rinconeras, arcones, astas de toro que fungen de clavijeros. Y retratos. Muchos retratos. Mujeres de hondo mirar y sonrisas enamoradas, vistiendo trajes de polisón. Señores peinados con raya al lado derecho y desencuadernados levitones. Niños, sobre un poncho, desnudos. ¡Niños que si vivieran– a juzgar por las fechas de las dedicatorias– tendrían ahora ochenta y tantos años!

Huele a naranjas y a requesón. Los pájaros arman un escándalo ensordecedor entre los arboles del patio. Allá, al otro lado de la casa, en el corral de los becerros y las vaquillas, se produce un tierno mugido. Me cala hasta la raíz del ser el regusto de mi origen, un regusto tantos años olvidado y al pronto avasallador. Un regusto que la vida soterró en sus estrépitos y hoy resurge, precisamente en este sitio, y se adueña de mí y me precipita en una suerte de inmersión en mis fuentes.

Así, tirado en la cama de duras tablas, siento ahora que nada, fuera de esto, existió nunca. Que todo mi pasado fue un largo, un mero sueño. Y sueño los años, y los caminos, y las gentes, y los sucesos. Y que al pronto, acabo de despertar y me reencuentro, niño como cuando me quede dormido, en lo hondo de la vieja casa desmantelada, en una recamara de bóveda catalana, en la que se va achicando el resol de media tarde, oliendo el aroma de las naranjas y el requesón y oyendo el mugir de los becerros y las vaquillas allá en el corral, un corral enorme con sus bebedores en los que cada noche– esta misma, si de veras todo lo pasado fue un sueño– vamos a contar las estrellas…

El pueblo es pequeñito y, como todos los del interior– apenas con muy contadas excepciones–, perdió población e importancia con la Revolución y los trastornos y subsecuentes a ella. No tiene arriba de veinte manzanas y las construcciones de piedra no suman más de cinco– contando, claro está, la parroquia, el santuario y la presidencia municipal.

Ya casi no quedan calles empedradas. Las más están reducidas al vil terregal. Sobre las aceras echan sus sombras las canales– las canales que cuando yo era niño oía vomitar diluvios y diluvios, en las noches del temporal–. Dos de esas calles– y bien principales, por cierto– ostentan nombres de parientes míos: general y licenciado Trinidad García de la Cadena y profesor Enrique Pérez, el maestro de primeras letras de mi padre y mío.

Esta es la plaza de armas. Le arrancaron sus laureles de la India y se ve intonsa como un potrero. Enfrente, iza la parroquia su blanca cúpula y sus torres desiguales. En la presidencia municipal hacen escolta los soldados del destacamento. Al lado, en un portalito chaparrón, se congregan los puestos de atole, tamales, arroz de leche y birria que harán las delicias en esta Nochebuena. Es el portalito de las tiendas. La de la esquina fue el más importante almacén de ropa en muchas leguas a la redonda, hasta antes de la Revolución, y perteneció a mi tío Máximo. Casi en el filo de la esquina opuesta, abría sus dos puertas La Florida, un comercio de víveres y chácharas que atendía su propietario: mi padre. Tenía un tapanco con una gran bola de lotería y un lustroso mostrador en el cual pinte, en hojas de papel de envolver, muchos garabatos.

Si tomamos en consideración los barrios– los llamados barrios, que en realidad son otras localidades, físicamente aparte del pueblo–, este no es ya tan pequeñito. Barrios de la capilla, de arriba, de la ladrillera, de san Nicolás. Allá entre el arroyo del laurel y los cerros de la religión y la libertad– ¡vaya nombres categóricos de candentes banderías de la guerra de reforma! –, en un estampado que se viste de grama y flor en los estíos, celebraban los domingos, sus fiestas y sus meriendas las familias del lugar. El número fuerte de aquellas convivialidades consistía en lo siguiente. Se enterraban hasta el pescuezo unos gallos, de modo que solo asomaran las cabezas, adornadas de listones azules y amarillos. Y un galán y una señorita, con los ojos bien vendados y armados de un formidable garrote, batían y batían el vacio, hasta que alguno, a su turno, atinaba a herir la cabeza de la infeliz víctima y la molía a estacazos. Y en tanto, fulguraba el sol y una orquesta tocaba lánguidos valses y se bailaba y se hacía el amor.

Por allá, al término de las calles de Gonzales Ortega– otro nombre casi local– y 16 de septiembre, dando contra el rio, está el cementerio viejo. Hace ya las pilas de años que fue clausurado y si me meto en un resquicio de sus muros de adobe es porque vengo buscando un rastro de muertos. Mis muertos. Las tumbas y las simples sepulturas son despojos. Se ve que los deudos de estos finados o ya murieron también, o se fueron de villa del Refugio. Aquí y allá, las lozas hechas pedazos y asomando, entre las grietas, calaveras, fémures, cubitos, en un macabro abandono. A unos pasos, jumentos ramonean apaciblemente entre los mezquites.

Un panteón eminente, de piedra y hormigón, hacia el muro de adobe. Un panteón chato y ennegrecido y abriéndose en cuarteaduras. Me empino sobre su base y leo, entre otros, desdibujados y pequeños, el nombre capital que mereció este feo y basto monumento: mi propio nombre. Si, aquí está enterrado mi abuelo. A mi pesar, la impresión me aturde. Y muy hondo, cala en mí ser, otra vez, la evidencia del sueño. Como si todo lo pasado– los años, y los caminos, y las gentes, y los sucesos– fueran sombras, nada más, y yo estuviera muerto. Muerto y sepultado aquí. Precisamente aquí, bajo este nombre. El mío.

Me arranco de lúgubre sitio y salgo por el resquicio del adobe.

La calle se llama Iturbide y ha de estar igual– me figuro– a los últimos años del Porfirismo. Esto es lo que pudiéramos llamar “el centro” del pueblo. Después de la casa de la esquina, otra, de despostillada fachada, con una ventana sin rejas. Es la casa en que nací. Otra vez me embarga la misma sensación de pequeñez de todo lo que me rodea. En mis mitos, esta casa era enorme. Cuando asomaba por la ventana– allá, abajo, mugía el rio– había una profundidad de abismo hasta el suelo. En el suelo, empedrado, había un hormiguero.

Hoy habita allí un sacerdote. Me mira, desde el patio– ¡que feo y que desolado patio! – y me cuelo, empujado por la emoción.

No tiene más remedio que invitarme a pasar. Juntos, entramos en la sala, en la cocina– la cocina era, por lo que veo, lo más importante de la casa– y luego al corral. Un corralito insignificante donde a la sazón ayatan a un bayo chaparrón. Y otra vez al patio. Y granado. Macetas. El horno. Tiene, a lo más, dos metros de altura. Se toca la bóveda con la mano. Una vez me caí de ella y me herí.

Ante esta puerta, vacilo. Alguien informa al sacerdote que en ella naci, y entro solo. La sensación de pequeñez, otra vez. Una anonadante, vulgar pequeñez. Una pequeñez que hecha en tierra la solemnidad de mis mitos. Me acuerdo de las astas del toro en las cuales prendía mi padre su capa dragona. Antes de dormirme, la sombra de esa capa, agrandaba por todo el cuarto, me aterraba como un fantasma. Y ¡me sentía tan pequeñito, tan nada en la vasta recamara! ¡Era, para mí, tan grande como los mundos!

Ignoro donde estaba la cama y donde, los sábados, a las once, me bañaba mi padre. Esto del baño era una señora ceremonia. El agua había sido previamente entibiada y, tras el remojón en una tina de hojalata, mi abuela me daba a beber un agua fresca de limón con chía. Por esa ventana pasaba, los domingos, el convite de los toros o el circo.

Me acuerdo de un profuso colorín de banderillas y de un payaso que montaba un burro y hacia chistes a los niños. Cuando llego la Revolución– el primer cabecilla local se llamaba Manuel Ávila– oi sus gritos por esa ventana.

He aquí mi origen. Si me asomo en ella, me asomo en mí mismo. De estas cosas– entrañables cosas, si las hay– hable de memoria en Campo Celis. Yo se que las idealice y que no son como la novela dice. ¡A la distancia, los bultos queridos cobran dimensiones. Menos que exorbitantes! Los chicos con quienes jugué afuera de esta ventana, han muerto en tantas guerras o se han largado a piscar algodón en Texas o a vendimiar la uva en California. Los que quedan son los débiles, los timoratos. Viven asidos al grillete del pueblo y tienen proles de ocho o doce. Uno es el panadero, mi pariente. Otro, el gallero.

Esta casa es mi padre y mi madre. Recordándola, me dirijo a la escuela de niñas. Unos paredones roídos por los años y la metralla. Unos paredones sobre los cuales fueron fusilados docenas de villistas, carrancistas, cristeros. Una vieja maestra rumia el silabario. Aquí, bajo estas bóvedas en las cuales el quinqué de mi madre unto su humo, enseño a leer y a escribir a niñas que hoy son mujeres y tienen muchos hijos y hasta nietos que andan regados por todos los ámbitos de la tierra. Aquí se bailaron los valses del novecientos tres, en las noches de fiesta del pueblo, con ocasión al año nuevo o al arribo de un importante personaje de Zacatecas…

Nochebuena. El dulce temple de mi pueblo permite andar, a las doce de la noche sin gabán, y si ustedes quieren sin saco. Todo Villa del Refugio está en la Iglesia. Tras la misa de gallo, los pastores bailan frente al niño DIOS, que está en un capelo. Una linda danza con villancicos. Luego, todo el mundo a la calle, a engullir tamales, pollo, atole, birria, arroz de leche. A las diez en punto se acabo eso que aquí llaman la luz eléctrica. El pueblo queda hundido en la sombra, la misma sombra de cuando yo era niño y para ir de una casa a otra nos acompañábamos de un quinqué. Noche de mis mitos. Allá, por el cerro de la religión, avienta el fogonazo de sus faros un camión de carga que viene de Aguascalientes. Estoy cansado y tengo ganas de echarme en la cama de duras tablas, bajo la vieja bóveda catalana de mi recamara, en cuyas cuarteaduras quedaron clavados los ojos de mi abuelo, cuando murió.

1936.

 

 

  Fco.  Javier  Sandoval Ortega

 

CRONISTA DEL MUNICIPIO DE TABASCO, ZAC.

 

 

 

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