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Un panadero zacatecano (muy garañón) en la guerra de independencia

 

 

 

No se lo cuenten a nadie, pero don Víctor Rosales fue el personaje militar zacatecano más destacado en el arranque del movimiento independentista activado por el cura Miguel Hidalgo en 1810. Nació en torno a 1774 en un pequeño real de minas, denominado el Monte Grande, que actualmente es un paraje abandonado en la jurisdicción del municipio de Genaro Codina, antes San José de la Isla, del que solo quedan unas imponentes ruinas de lo que debió haber sido una iglesia con todas las de la ley.  Y poco se sabe realmente, fuera de múltiples especulaciones, acerca de la infancia y primera juventud de este criollo, salvo que desde tierna edad había sido criado en la capital de la intendencia. Aunque hay quienes han consignado precipitadamente que realizó estudios que dejó truncos en la ciudad de México en el primer decenio del siglo xix, y que incluso participó en la intentona autonomista encabezada por el licenciado Primo de Verdad y Ramos, en el ayuntamiento de la capital virreinal, no hemos encontrado fuentes documentales que permitan corroborar que así lo haya sido. Muchos son los datos biográficos que han circulado acerca de Rosales que más bien parecen de leyenda y merecedores de fundada sospecha. Sobre pocos personajes de la historia de Zacatecas se ha inventado tanto choro.
 

Sabemos, con base en las fuentes documentales consultadas, que hacia 1793, cuando Víctor rondaba los 19 o 20 años, vivía en Zacatecas y declaraba ante el cura párroco y vicario, un tal Bugarín, que él había estado y estaba hasta ese momento bajo el directo cuidado y atención de su hermano Juan, el que para esa fecha ―en que iniciaba los trámites de su matrimonio―, declaró tener 27 años. Por cierto, los futuros insurgentes eran hijos de don José Marcelino Rosales, difunto a la sazón, y de doña Juana Eligia Ramos, quienes por su parte casaron en Zacatecas en mayo de 1761. José Marcelino había muerto precisamente en el Monte Grande en 1780, y fue sepultado en la parroquia de San José de la Isla, es decir, cuando Víctor tenía la tierna edad de 6 años y su hermano Juan 13.
El propio Víctor también llegó a decir que había sido criado en Zacatecas, a donde debe haber sido enviado por sus padres a muy corta edad, seguramente junto con su hermano Juan, y al cuidado ambos de sus otros hermanos y de algún tío, hermano a su vez de José Marcelino, como el músico José María, o el sastre José Santiago Rosales, vecinos de la ciudad. Nada parece indicar que Víctor o alguno de sus hermanos hubieran tenido la oportunidad de realizar estudios en la capital de la Nueva España, habida cuenta de la orfandad en que había quedado la familia Rosales.


Adicionalmente, con la viudez de doña Eligia Ramos y la numerosa prole que debía mantener, la posibilidad de los estudios juveniles de Víctor se reduce aún más. Doña Eligia permaneció solilla viviendo en el Monte Grande todavía durante los cinco años posteriores a la muerte de su consorte, trasladándose en 1785 a residir a Zacatecas, donde casó cuatro años más tarde en segundas nupcias, cuando Víctor tenía 15 años, con Sebastián Torres, un coyote al que seguramente había conocido en Monte Grande o en San José de la Isla. La segunda unión de doña Eligia nos hace suponer que ni Víctor ni Juan vivían con su madre.
Hacia 1810, justo en la etapa del estallido revolucionario originado en el pueblo de Dolores, Víctor vivía en Zacatecas totalmente establecido, como dueño nada menos que de una panadería. Estaba ya casado con doña María Ignacia Castañeda, con la que había procreado varios hijos que a esas fechas eran menores de edad. Hombre garañón, enamorado y de gran estimación entre los lugareños, solía tener de vez en cuando devaneos con jóvenes hermosas de la localidad, el más sonado en los años abarcados por este trabajo, había sido protagonizado con una mestiza de 19 años llamada Isidra Villegas. Es de suponerse que aquella mestiza de primera generación debió haber sido un verdadero forrazo (¡mamacita!) de esos que quitan el aliento, porque un hombre del prestigio y de la popularidad de Rosales no debió haber agarrado cualquier cosa. No señor.


Por otra parte, debe decirse que no quedan suficientemente claras otras relaciones amorosas de don Víctor, de las que probablemente llegara a tener descendencia. Por ejemplo, el periódico de la ciudad de México El Eco de Ambos Mundos, refiere en su edición de 16 de septiembre de 1874, que la mujer de don Víctor era doña María Elena Gordoa de Rosales, e incluso llega a firmar que la supuesta esposa tuvo un fin inefable, pues “murió al dar a luz a José Rosales Gordoa, su segundo hijo, el 19 de marzo de 1814, huyendo de los españoles de Zacatecas hacia Vetagrande.” ¡Churro!


Fíjese usted hasta dónde llegan las ganas de hacer trácala con la historia, muy a la mexicana, pues esta broncínea versión ha sido recuperada y repetida, acariciada una y otra vez hasta por biógrafos de última hora, y sería absolutamente descartable sino fuera porque un José Rosales Gordoa, de carne y hueso ¡realmente existió! Y de alguna manera quiso aprovechar las ventajas de su supuesta ascendencia. “Don José, a la edad de 60 años residía en la capital de la República en 1874 y formaba parte de la Agrupación Cívica de Veteranos de 1810 y sus descendientes”, y a él y sus particulares intereses se atribuye el invento de la leyenda de Rosales, difundida en gran parte por el director de El Eco de Ambos Mundos. Don José peleaba al gobierno de don Sebastián Lerdo de Tejada una pensión vitalicia, inventándose una paternidad bastante dudosa a la luz de la investigación documental. Lo peor del caso es que parece que consiguió su objetivo, entre otras cosas gracias a que logró el favor de don Porfirio Díaz, entonces suspirante a la silla grande.
Pero bueno, decíamos que don Víctor ―que así era llamado por el vecindario―, era dueño de una panadería que estaba situada en la calle de la Merced Nueva, en las inmediaciones de la populosa Plaza de Villarreal, hacia la parte sur de la ciudad, que lucía por entonces una fuente, la de la Condesa, donde solía abastecerse de agua el mujerío para las necesidades domésticas. Sobre el amplio espacio hoy conocido como Jardín Independencia, echaba por las tardes su imponente sombra la casa solar del conde de San Mateo Valparaíso, ubicada al viento poniente de la plaza. No sabemos e nombre del establecimiento de Rosales, pero sí que abría sus puertas al público en una casa asentada en la calle Merced Nueva, justo en la esquina actual de las avenidas Juárez y Rayón, en contra esquina del palacio de la Condesa.
 Don Víctor no sólo era panadero en activo, sino empresario en el sentido moderno del término, pues regenteaba aquella negociación integrada por un nutrido grupo de oficiales y dependientes; algunos de ellos incluso vivían en el local. El amo ocurría normalmente al establecimiento y a veces atendía a la clientela en el mostrador, leía o conversaba con los clientes, sin entrar siquiera a la sección de labores.


No puede decirse que Víctor se ubicara en los sectores marginales de la población zacatecana, puesto que llegó a desempeñarse precisamente en esa época como administrador de vecina la alhóndiga municipal, emplazada a unos cuantos pasos de su propio negocio, en el ala norte de la Plaza de Villarreal. Si bien su situación no puede catalogarse como opulenta, la vida de Rosales transcurría en la medianía de la ciudad minera. Empero, desde 1807, don Víctor, había conocido la cárcel local, donde permaneció recluido por algún tiempo, seguramente por cuestiones de naturaleza mercantil. Por otra parte, su hermano mayor, Juan, bajo cuyo cuidado había crecido, también se dedicaba al comercio y a la minería en pequeña escala. En 1793 ya tenía una tienda en Zacatecas, en sociedad con Agustín Cuevas.
 

 

 

  

Por José Enciso Contreras

Universidad Autónoma de Zacatecas

 

 

 

 

 

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